Caminante, no hay camino
Septiembre llega con un camino menos claro que el de hace algunos meses. La economía estadounidense venía mostrando señales de cierta pérdida de dinamismo y la inflación comenzaba a moderarse, pero la sorpresa positiva en la creación de empleo de agosto hizo menos lineal la lectura económica. En otro ciclo, una combinación de menor inflación y señales de desaceleración habría abierto espacio para una caída más decidida de las tasas de interés y mayor visibilidad para los inversionistas. Esta vez, sin embargo, las tasas largas se mantienen cerca de máximos de dos décadas, la incertidumbre política y geopolítica persiste, y nuevas fuerzas estructurales están modificando relaciones que durante años parecieron relativamente estables.
El mercado avanza sin una señal dominante capaz de ordenar todas las variables. La retórica hawkish del Banco de la Reserva Federal —reforzada por Warsh en Jackson Hole — convive con datos de actividad mixtos: algunas cifras apuntan a menor dinamismo, mientras el empleo de agosto superó todas las expectativas y redujo la claridad de las señales de desaceleración. Al mismo tiempo, la inteligencia artificial impulsa el crecimiento de utilidades, pero también aumenta la demanda por financiamiento corporativo y presiona las tasas de interés al alza; y un dólar más débil favorece a los activos emergentes, aunque todavía no permite confirmar un cambio de régimen. Más que seguir un camino trazado, los inversionistas deben construir convicción de manera gradual, diferenciando entre ruido de corto plazo y tendencias con mayor persistencia.
En renta fija, la discusión central permanece en las tasas largas. Pese a medidas de apoyo en el mercado de bonos del Tesoro estadounidense, los rendimientos a treinta años siguen cerca de sus niveles más altos en casi veinte años. La convicción para extender duración ha aumentado frente a meses anteriores, pero aún parece prudente avanzar gradualmente. Los riesgos fiscales y políticos en Estados Unidos, Europa y Japón siguen limitando el espacio para una compresión más rápida de los rendimientos de largo plazo.
A esta resistencia se suma una fuerza estructural que probablemente seguirá presente: el riesgo de crowding out2. El ciclo de inversión asociado a inteligencia artificial requiere montos crecientes de financiamiento, en particular mediante emisiones de deuda de largo plazo por parte de grandes compañías tecnológicas. El riesgo no es necesariamente crediticio; muchas de estas empresas exhiben balances más sólidos que varios gobiernos desarrollados. El desafío es de absorción de mercado: esta demanda corporativa por capital podría competir con la emisión soberana, desplazar parte del apetito por deuda pública y mantener presión sobre las curvas de tasas.
Paradójicamente, la misma dinámica refuerza la tesis positiva para la renta variable. La inteligencia artificial dejó de ser solo una historia sectorial y se consolidó como una fuerza macroeconómica capaz de impulsar inversión, productividad y crecimiento de utilidades. La oportunidad no se limita a los ganadores directos del desarrollo tecnológico, sino que se extiende a las compañías que proveen la infraestructura necesaria para sostener esa expansión. La visión sigue siendo constructiva para acciones globales, particularmente en Estados Unidos, donde las utilidades mantienen un crecimiento sólido y la estacionalidad para el último trimestre del año en general es favorable.
Esto no implica desconocer los riesgos de corto plazo. Septiembre suele ser un mes desafiante -y volátil- para la renta variable, especialmente en años con elecciones legislativas en Estados Unidos –midterms-. Además, la presión al alza en la curva de tasas sigue actuando como restricción para algunos segmentos del mercado. Con todo, una eventual corrección debería interpretarse más como una oportunidad táctica que como una señal de deterioro estructural. La postura sigue siendo positiva, pero con mayor disciplina en la selección y el punto de entrada.
El balance de septiembre combina señales económicas más mixtas en Estados Unidos, presión estructural sobre las tasas largas y mercados emergentes respaldados por materias primas e inteligencia artificial. Ninguna de estas fuerzas define por sí sola la dirección del mercado, pero en conjunto entregan una guía razonable para avanzar con cautela, selectividad y convicción allí donde los fundamentos siguen siendo sólidos.
En un entorno donde las grandes tendencias siguen vigentes, pero el camino hacia ellas es menos claro, la prioridad no es perseguir cada giro del mercado, sino mantener una asignación disciplinada y flexible. Cuando el camino no está trazado, la disciplina importa más que la búsqueda de certezas.
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